De la cultura de la queja a la construcción del sujeto educativo

Notas y dinamización de la sesión por nuestra compañera psiconalista Olga Montón

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“Maestro lacaniano”

malestar-docente1Reflexiones previas en torno a la construcción del concepto “el maestro lacaniano”:

  • Es aquel capaz de decir “sí” ante lo más singular del sujeto a pesar del plan de estudios y la institución. Instala la ley, hay un “no”, pero también la transgrede por sus alumnos. Para él existen casos particulares, sabe transgredir la ley cuando hace falta, sabe hacer excepciones. Es, así, una ley que hace posible la movilización del deseo. A lo que dice “sí” es al deseo. Abre la vía del deseo.
  • No trata al alumno como a un objeto (el zoquete, el hiperactivo…). Eso produciría su estigmatización e impediría la responsabilidad del niño como sujeto de su propia vida. Cada alumno toma decisiones subjetivas.
  • No es un mero transmisor de información. Profesando el deseo el profesor da lugar al deseo del alumno. Pasión por aquello que transmite.
  • Debemos tolerar un cierto no saber sobre el sujeto, sobre sus intereses y sobre la apropiación que hará y en qué tiempos de aquello que intentamos transmitir.
  • Cada sujeto es único y con un estilo de vida propio, por lo que no debemos pretender homogeneizar personas, sino más bien intentar que cada sujeto haga suyos y a su manera los contenidos. La tendencia a la homogeneización lleva finalmente a la segregación de aquellos que no están dentro de supuestas normas o estándares.
  • El vínculo educativo funciona solo si hay transferencia. Se trata de poner en juego el propio deseo del educador como aquello que abre un campo de posibles. La función del agente educador es hacer vivir el legado de las generaciones para que el educando encuentre allí su lugar.
  • La educación es una oferta que el docente hace al educando y este puede dar mayor o menor consentimiento a recibirla.
  • Tener presente que la función educativa implica siempre una renuncia del educando, una aceptación de unos límites, y esto implica que este deba renunciar a ciertas satisfacciones inmediatas si realmente quiere aprender.

Introducción

El descubrimiento freudiano del inconsciente y el desarrollo del psicoanálisis son sistemáticamente anatemizados y se intentan destruir con descalificaciones como que es algo “superado” por someterlo a un periodo histórico. Se intenta destruir aquello que en la invención  freudiana es un pensamiento de la diferencia en la existencia parlante, sexuada y mortal.

Freud (“El malestar en la cultura”), nos habla de un hiato irreductible, una brecha Real incurable y sin embargo constitutiva de la realidad. Es una brecha anterior a que “las causas y los efectos” se encadenen y a que los “sujetos y los objetos” sostengan el mundo. Hay un Otro interior que agita la vida y el cuerpo de los hombres con sueños, fantasías, sufrimientos, actos involuntarios, identificaciones, pulsiones, deseos y síntomas que muestran, de este modo, su desamparo existencial. Es Otro al que estamos sujetos tanto como lo estamos al lenguaje. Esta brecha real imposible de simbolizar convoca al horror, al vacio de la existencia con los que la razón traza astucias para defendernos del mismo.  Esta fisura original condiciona la organización de la realidad. Hay un amo interior del cual el sujeto no quiere saber nada y pretende disfrazarlo bajo el manto de un sojuzgamiento que vendría del exterior, formulado como “es el otro el que me impide, es el otro el que no me deja”, afirmación que lo des-responsabiliza de los hechos de su existencia.

Fue Jacques Lacan, (psicoanalista francés conocido por los aportes que hizo al psicoanálisis, basándose en la experiencia analítica y en la lectura de Freud, incorporando a su vez elementos del estructuralismo, la lingüística, la matemática y la filosofía)  el que supo captar que Freud, a partir de 1920 (en su texto “Más allá del principio del placer”), había logrado que un sujeto cambiase una existencia miserable por una infelicidad admisible. Nunca consideró la existencia de una salud mental puesto que forma parte de la esencia misma del discurso analítico cuestionar de raíz los conceptos de salud, bienestar, adaptación, normalidad, etc. Es una de las razones por las que el psicoanálisis se diferencia de la psicología.

malestar-docente2Psicoanálisis y educación

Cualquier proyecto educativo emancipatorio debe tomar en cuenta esta fractura subjetiva y sus consecuencias sintomáticas.

Tener en cuenta el aspecto subjetivo de los alumnos y el de los docentes podrá permitir orientar de un modo más lúcido su propia práctica. Permitirá incluir en la reflexión, la posibilidad de inventar formas donde pueda expresarse la subjetividad hendida de cada uno; es más, podrá buscar que esta se manifieste como garantía de que lo que se construya se haga bajo la orientación del deseo y no sobre la base de las identificaciones que esclavizan o del narcisismo que enceguece. Orientarse pasando entonces por un querer lo que desea y un saber hacer con el desamparo.

En la experiencia analítica hay una elaboración de saber sobre nuestro inconsciente que nos hace ver que el malestar no depende de condiciones ajenas a nosotros mismos, sino que nos hace asumir la responsabilidad de al menos una parte del sufrimiento que padecemos. Al mismo tiempo el psicoanálisis promueve un modo diferente de habitar el desamparo, la soledad y la infelicidad de la condición humana. Pero también aporta efectos terapéuticos que se traducen en un alivio de los síntomas que entorpecen la vida de una persona, manteniendo lo que la hace única. Siempre partiendo de la base de que jamás alcanzaremos un equilibrio que no solo es imposible por definición (el conflicto es ineliminable) sino que supondría la disolución de lo que hace de un sujeto algo irrepetible.

El tema elegido, de la queja a la construcción del sujeto, permite la conexión psicoanálisis y educación.

El psicoanálisis y la educación son dos discursos diferentes y es a partir de esa diferencia que puede hablarse de conexiones, de relaciones de ambos discursos sobre un tema en común aportando cada uno su especificidad de lectura. La conexión entre discursos es posible en la medida que cada uno mantiene su diferencia, la conexión es, justamente, alrededor del vínculo educativo.

  • ¿Cómo sucede ese vínculo educativo?
  • ¿De qué se trata?
  • ¿Por qué se da con unos alumnos y no con otros?
  • ¿Qué hace que ese encuentro con el otro tenga éxito o no?

Aunque el aula integre a un grupo de alumnos, a veces desbordante, el verdadero encuentro que supone dar y recibir una clase es subjetivo. Es el encuentro de dos subjetividades. Se encuentra la subjetividad de ese profesor con la subjetividad de cada alumno uno por uno.

Abordar el reto de transmitir algo de una experiencia es el reto que tiene todo profesor frente a cada alumno.

Formación del sujeto

Al momento de nacer es un ser vivo miembro de una especie que se diferencia de las demás por una cuestión fundamental: el lenguaje. Al mundo se llega solo, pero hay alguien esperando, el Otro, por medio del cual, el lenguaje capturará a ese nuevo ser. El Otro, la madre, el padre, va dotando así de sentido todo lo que ese nuevo ser hace, va poniendo palabras a ese puro goce del cuerpo hasta conseguir que este se regule. Ese cuerpo que al inicio se satisface sin más. La palabra lo va limitando y va generando en él un modo de funcionamiento particular. El sujeto es efecto de un lugar. El Otro le oferta un lugar y el sujeto consiente en ocuparlo o no. Sea cual sea su elección, el sujeto encontrará una satisfacción a nivel del cuerpo, a nivel de lo que Freud llamó “la pulsión”, que marcará su modo de gozar a lo largo de la vida.

Para el psicoanálisis no se trata la familia como célula social, como en el caso de la sociología, ni de la organización socio-económica de la antropología, sino de la estructura en la que se constituye el sujeto del inconsciente. La familia es la encarnación particular de la estructura, donde se establece como mito la verdad del origen de cada sujeto y que es efecto de la palabra. Es en la familia donde te reparten las cartas.

Las cartas de las que dispone el sujeto y cómo las juega. Las coordenadas de origen de cada ser hablante delimitan siempre un enigma para cada sujeto. El porqué de su nacimiento, el deseo o no que lo ha precedido y el modo singular en que ha sido acogido e incluso de ser hablado por sus padres dejará unas marcas indelebles. Hay ocasiones en que la palabra del Otro está marcada por el exceso, en otras por un defecto, y en ocasiones se impone un real del cuerpo. ¿Cómo responderá el nuevo ser a estas condiciones que se le ofrecen, qué tomará y cómo jugará sus cartas?

¿Qué se esperaría de la operación de un docente con el niño? De entrada, la posición del docente permitiría ofrecerle al niño un lugar distinto que el de ocupar la posición de objeto en la estructura familiar, una posición distinta de la ocupada en la novela familiar. ¿Puede el docente, en el marco del aula, ayudar al alumno a construir y elaborar una posición subjetiva abrochada a su propio síntoma en relación a un deseo inédito, no el deseo de la familia, sino el deseo del docente?

Lo “singular” de cada niño que se resiste a ser educado, “lo imposible de educar”, se les presenta a los educadores como una dificultad: ¿de los docentes a educar? o ¿de los niños a aprender?

Daniel Pennac, en su biografía “Mal de escuela”, nos muestra y nos interroga a la vez. ¿Qué lugar tuvo este sujeto en el deseo del Otro? ¿Consintió o no? ¿Qué modo de satisfacción, de goce, se instaló a partir de ahí para el sujeto?

El Otro, su madre, le transmitió “no estar destinado a devenir, no estar preparado para perdurar”.  Y se pregunta: “Tu crees que lo logrará algún dia?” El autor dice “yo era su hijo precario” (p.15) En el capitulo siguiente, a modo de secuencia lógica, dice “De modo que yo era un mal alumno… mis boletines hablaban de la reprobación de mis maestros”

El Otro materno le dio un lugar determinado en su deseo, en su vida, “ser el hijo precario” y el sujeto consintió. Aceptó, no sin dolor, ser ese hijo precario para la madre, que luego se transformará en el ser el mal alumno para el maestro, lugar desde el cual repetirá, sin saber, la reprobación materna.

Cuando el conflicto es inconsciente hace sufrir al alumno, si no hay explicación se dice: “lo hace a propósito”.

El síntoma tiene un sentido ignorado por el sujeto, no comprende lo que le incapacita (inhibe).

Este sufrimiento va dirigido al Otro y no se suele reconocer de entrada como psíquico; por ejemplo se dice, “no atiende en clase”. Se niega así la responsabilidad del sujeto desplazándose a la realidad exterior, por ejemplo: “no se lo motiva”

Entonces aparecen: las manifestaciones somáticas

malestar-docente3Dos momentos en la vida:

Hay dos momentos importantes de la aparición sintomática.

INFANCIA,

Suele aparecer la primera crisis edípica donde lo fundamental es el trabajo de separación de la madre. El niño sigue siendo el objeto que la completa, no puede sostener su deseo de saber porque aprender es un acto que se realiza solo, comprender es una actividad solitaria hecha de mecanismos que cada cual elabora en la intimidad de su funcionamiento psíquico.

Cuando el vínculo materno es demasiado fuerte, las operaciones mentales se bloquean, es lo que llamamos inhibición intelectual. Así mismo pueden aparecer otros síntomas: hiperactividad, enuresis, TOC, trastornos digestivos, agresividad, mutismo, etc.

Este fallo subjetivo puede pasar desapercibido mientras esté bajo la tutela parental. Es al asistir al colegio que se manifiestan.

LATENCIA

Tras esta crisis suele haber un periodo que Freud llamó de latencia, desde los 6-8 años hasta la adolescencia. Es un periodo de calma en el que el niño descubre su lugar en la fratria, en la novela familiar, y en el que se construye una imagen propia a partir de elecciones identificatorias referidas a los ideales familiares o colectivos (escuela). Cierta represión cubre los conflictos edípicos, que podrán resurgir mucho más violentamente en la adolescencia.

ADOLESCENCIA

La crisis de la adolescencia sugiere la ruptura del equilibrio del periodo de latencia. Consideramos los casos de fracaso escolar y otros síntomas (Depresión, consumo de drogas, fobias, conductas de riesgo, violencia, crisis existencial, erotización de la muerte, pasajes al acto, desafíos)  de alumnos bien integrados hasta entonces.

¿Por qué aparece de pronto estos sintomas en la adolescencia?

La adolescencia es ese tiempo que separa la infancia de la edad adulta, es un periodo bisagra. Momento de perplejidad e incertidumbre, pues debe cumplir un trabajo de duelo y de renacimiento.

Además es el momento de las modificaciones identitarias. El sujeto vive intensamente la angustia de separación. Conocerá la soledad, la responsabilidad y el compromiso sexual.

Apresado en imperativos paradójicos, el adolescente reacciona con conductas desordenadas que a su vez inducen actitudes reactivas en los adultos involucrados, padres y profesores.

En el caso de Pennac podemos pensar que más allá del dolor de “ser un hijo precario” para el Otro materno el sujeto encuentra allí un goce que no solo le lleva a consentir al lugar ofrecido por la madre sino a repetirlo, al ubicarse como “desecho escolar” ante el Otro de la educación. Ese goce inconsciente que el sujeto repite, hace a su punto más íntimo y singular, y muestra su persistencia cuando, ya siendo Pennac un escritor reconocido por Le Robert dice: “la duda malsana me empuja hacia mi tendencia natural. Me resisto pero, día tras día, vuelvo a ser el mal alumno que intento describir…” (p. 89)

El saber cómo barrera a la pulsión

Freud decía que para limitar al Thanatos que cada uno lleva dentro había que apelar a Eros. Freud postulaba que todo cuanto establezca ligazones de sentimiento entre los hombres y el fortalecimiento del intelecto podrían limitar la vida pulsional. El saber y el amor hacen de barrera al goce del sujeto, a esa fuerza pulsional que no siempre le lleva por el mejor camino.

Ahí se ubica la educación, sin ella no hay civilización, sin ella no hay límite a la pulsión de los sujetos. En palabras de Pennac, “la educación sirve para que un sujeto pueda salvarse de sí mismo”.

Pero para acceder al saber no solo hace falta acercarse a la escuela, tampoco es suficiente permanecer en ella. Es necesario un mediador entre el sujeto y el saber. Es necesario que se produzca el encuentro con un maestro y que el vínculo educativo entre el maestro y el alumno tenga lugar.

Podemos pensar que en el encuentro con un maestro, se produce para el sujeto un nuevo encuentro con el Otro, otra vez el Otro va a ofrecerle un lugar, que él consentirá ocupar, o no. La palabra dicha por el profesor, nunca es una palabra en abstracto, con un significado común para todos sus alumnos. Es cada alumno, cada sujeto, el que con su escucha determina lo que el Otro dice. Cuando un maestro habla a un alumno, transmite palabra, deseo, mirada, libido, sin saber cómo es esto leído por su alumno, quien lo hará con su prisma singular.

En el vínculo educativo hay incertidumbres, pues, el educador no sabe qué sujeto hay en cada uno de sus alumnos, ni como, ni cuando, ni porqué el alumno que tiene frente a él consentirá a trabajar para recibir el patrimonio cultural.

El deseo del educador es su verdadera herramienta de trabajo, es lo que puede dar lugar a que un acto educativo se produzca.

Se trata de un deseo que se orienta en dos polos: en su disfrute de los contenidos que transmite y en saber mantener esa X del sujeto, su enigma, su no-saber acerca de él, solo así el alumno desplegará su singularidad.

La pregunta sobre el lugar que el sujeto ocupa para el Otro se reactualiza aquí, en el vínculo con su maestro. En el encuentro con un docente el alumno puede encontrar un lugar distitno del que tiene en la novela familiar. De ahí la importancia de que el educador espere algo del alumno, pero no para él (eso es un problema) sino para que produzca un recorrido hacia lo social. De ahí la generosidad del acto educativo.

En la sociedad de consumo donde cualquier deseo es trasformado en una necesidad a satisfacer inmediatamente, cual imperativo de goce super-yoico, muchos padres creen que amar al hijo es amar sus deseos y comprarlos. El docente se encuentra con un alumno consumidor, acostumbrado a satisfacer sus necesidades inmediatamente y con dificultades para encontrarse con un Otro portador de un deseo que tiene que ver con él.

Vemos en el caso de Pennac lo que dice en su novela:

………”Llegó luego mi primer salvador.

Un profesor de francés.

A los catorce años.

Que me descubrió como lo que era: un fabulador sincera y alegremente suicida.

Pasmado, sin duda, ante mi capacidad de forjar excusas cada vez más inventivas para las lecciones no aprendidas o los deberos no hechos, decidió exonerarme de las redacciones para encargarme una novela. Una novela que yo debía redactar durante el trimestre, a razón de un capítulo por semana. Tema libre, pero me rogaba que las entregas llegaran sin faltas de ortografía, “para poder elevar el nivel de la crítica”

………………………. había descubierto al narrador que llevaba en mí”.

En este momento pudo como sujeto tomar las riendas de su destino. Se hizo adicto a los diccionarios y escritor.   Más tarde él mismo también se hizo maestro.

 

Si se considera al niño como un objeto se produce la estigmatización del alumno. Eres el zoquete, el hiperactivo, el torpe, el violento, etc. No hay, por tanto, responsabilidad del niño como sujeto de su propio desarrollo, de su propia vida. Para intervenir en el malestar del otro, habrá que escucharlo, y así se responsabilizará de sí mismo y de su malestar.

No podemos quitar la responsabilidad a cada sujeto, a cada alumno, en las decisiones que toma, incluida la de fracasar, la de permanecer desatento, la de negar lo que ignora, la de decidir ser hiperactivo, o reclamar privilegios, o la de hacer de la queja su pasión.

 

A muchos niños y jóvenes les resulta muy difícil ceder algo de esa satisfacción inmediata que la sociedad preconiza, dando lugar a conflictos y síntomas. El psicoanálisis se ocupa de lo que no va cuando el niño o el joven se encuentra confrontado con la vida, y puede darle una oportunidad de saber inventar su propia respuesta, aquella que le permitirá tejer lo que terminará siendo su propia historia singular.

Esta sociedad del discurso capitalista pretende taponar con los objetos de consumo el vacio de la existencia. El gran riesgo del docente es someterse a este discurso en su tarea educativa. Tomar las matemáticas, las ciencias o la educación física como un objeto de consumo más.

Más bien al contrario se trata de sostener su deseo. El deseo del profesor.

 

Se trataría pues de una nominación por el deseo, algo propio y subjetivo. Asignación ambigua en la que el joven se sienta reconocido. El maestro de Daniel Pennac le trasmitió el deseo de que escribiera una novela, saltándose todos los programas y protocolos establecidos por la institución. Y no fue una nominación que partiera de la evaluación unívoca  y que no cree en la lengua como productora del sujeto.

 

Para el psicoanálisis somos sujeto de la palabra y del síntoma, entendido éste como el modo singular que cada sujeto tiene de gozar. Si el docente es sensible a esto y está advertido le será posible establecer un lazo singular con cada alumno, dándole un lugar también singular alojado en el discurso, en la palabra.

Los encuentros con el deseo del Otro nunca son sin consecuencias.

Se trataría pues de una nominación por el deseo, algo propio y subjetivo, asignación ambigua en la que el joven se sienta reconocido. Y no una nominación que parte de la evaluación, unívoca  y “para todos”, que no cree en la lengua como productora del sujeto.

Finalmente, no se trata solo de la transmisión de información sino de algo que sucede, con la palabra, a nivel del deseo.

Profesando el deseo, el profesor da lugar al deseo del alumno.

Olga Montón. Psicoanalista. Abril 2015

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